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Comparto un fragmento que reflexiona lacanianamente sobre los juegos en el BDSM, siento que mi novela será recibida a tomatazos y latigazos de una sociedad que no está preparado para esto. Bueno ahí va:
Ella transgrede entonces, ya
sea con él o con un enfermero, con una colega, con un paciente, con un alumno,
transgrede y manda, escoge eso sí y anota en una libreta como lo haría en su
momento la condesa y se encarga de desangrar a sus víctimas, pero
simbólicamente, los vacía de palabra, los imposibilita y los desecha llenos de
angustia.
El cerdo y Black por su
parte, los únicos que ella permite ingresar en su espacio y luego les ofrece
una copa de té, hasta el próximo encuentro, deben esforzarse de sobre manera e
incluso recurrir a bajos recursos como sustancias o pastillas coadyuvantes para
responder a la demanda de la dama de vagina dentada, de aquella que siente
hasta el límite, la ausencia de límite. Es un calvo, ha sido un cerdo, un
perro, ha gateado, cosa que le gusta porque en él se juega otra cosa, ser
simbólicamente castrado con cada golpe y eso a su neurosis lo sitúa como en
constante falta, o al menos eso cree, porque nunca lo que haga será suficiente
para ella.
La verdadera perversión es
aquella que sostiene a un esclavo de algo más grande que habita en quien
imposibilita el ir más allá. Cuando se da el juego carece de discurso, no
argumenta, no pone palabra, solo es acto, salvo que un testigo sea capaz de representa
el papel de transcriptor o “secretario”, ese acaso sea el que narra, tomando en
cuenta que la sociedad otorga ese poder a los psicoanalistas, confesores,
jueces y psiquiatras ¿Qué hacer cuando son los últimos quienes se despojan del
blanco velo del mandil y se visten de carne enrojecida por las flagelaciones
mutuas? Nada, solamente ser un espectador y narrar el acto, con las
interrupciones naturales en la cadena de la escritura.
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